viernes, 22 de mayo de 2020

Rumia

Esta vez no era nada, no quedaba nada. No sabía que hacer, ¿a donde podía ir? Quizás era mejor quedarse en casa, afuera llueve… siempre llueve. Me cuesta no hacer nada, siento que hasta tengo que aprender a no hacer nada, me cuesta. ¿Hay gente que sabe no hacer nada? Seguro. Siempre hay quienes saben hacer lo que uno no puede, ¿para que me serviría a mi pensar todo esto? Disculpas, parece que nos vamos acercando. Hay quienes se concentran en la respiración para nada, es difícil creerles, pero eso afirman.

Aquí, no hay nada, seria bueno saber que es la nada, también serio bueno negarla, ocultarla, creer que hay algo, no quererla, evitarla, gambetearla, morir aplastado por ella seria épico quizás, ¿pero como? No es nada, no sabemos como saber si nos esta aplastando ya o si es que esta aquí pero sin aplastarnos o esta por llegar, ¿no era que no sabias como hacer nada? Mis disculpas, a la nada, ¿hay que hacerla? Juan nada, significa que esta en el agua, que nada crol, quizás perrito, mas difícil espalda o mariposa. ¡Callad!

Todo se complica y en un principio declaraba que no había nada, que no quedaba mas que arena, ahora Juan esta nadando ¿porque Juan estaría nadando? ¿Para nada? Para nada, esta parece una nada simpaticona y holgazana, de café con leche. Disculpas, hay otros tipos de nadas también... Nadas agonizantes y nadas que apremian, nadas que tensan los nervios y paralizan los músculos. Hay una nada que no deja hablar, que ocupa el espacio y el tiempo sin presenciarlos.

Desde la ausencia el tiempo se convierte en eterno y el espacio en minúsculo.

Describir la nada puede ser un trabajo eterno y no tengo ni oficio ni tanto papel mi querido Francisco. Hay una sola cosa que se y es que la primavera esta bien entrada, mis rodillas confirman la húmedad y lo demás es inminente. Nos encontraron,


llegaron los monos y volvieron las ballenas

domingo, 17 de mayo de 2020

Islandia

Comí, dormí y me afeité. Así empezó la mañana, en ese orden. Qué cómo puede ser? Si... puede ser, en ese orden. 
La estación espacial no era gran cosa. Tampoco me importaba. Desde acá arriba, cada 3 o 4 horas se podía ver Islandia. Todo el globo en realidad, pero lo único que me importaba, que me interesaba, era ver Islandia. Por qué? Importa el por qué? 
Huevos fritos, una almohada (que decía "Property of NASA, U.S. government") y una afeitadora eléctrica. Estaba lejos la NASA como para reclamar algo, así que había declarado que la almohada, digan lo que digan, ya era mía.
No extrañaba casi nada. Ni a mi vieja, ni los asados con amigos, ni las pruebas en simuladores que nos proponía la agencia para el programa espacial. Extrañaba la Avenida Corrientes. Solo eso. Ni el fútbol, ni el vino tinto, ni a mi hijo, ni las milanesas de pollo con puré chef... sola y únicamente la Avenida Corrientes, un sábado a la tarde/noche, a las... pongamos... 19hs. Caminar, tomar un café o una cerveza, pispear libros y discos, haciendo tiempo para entra al cine o al teatro. Mirar la gente, dar una moneda si alguien me la pide, pitar un cigarrillo, apagarlo entre mi zapato y el cordón de la vereda. Nada en mi mente me deslumbraba tanto como ese pensamiento, ni la Vía Láctea y sus cien mil años luz de ancho pero tan solo mil años luz de espesor, ni Plutón situado a continuación de la órbita de Neptuno, ni el Carro Mayor, visible durante todo el año en el hemisferio norte. Nada de nada, solo el olor a fainá y muzzarella de Güerrin, el olor a pucho, el soplo de calor en la cara en invierno al entrar al subte al lado del obelisco. Ni siquiera extrañaba a mis amigos, muchos de ellos, muchas veces recibiendo de forma sobrevalorada el titulo en cuestión.
Sonó la alarma. Una vez, dos veces. Pensé que se apagaría. Sonó una tercera vez. Ya me había vuelto a abrazar a la almohada. "Me afeito y voy", pensé. Entré en el "baño". Afuera una de las turbinas estaba en llamas.

Pampas