Comí, dormí y me afeité. Así empezó la mañana, en ese orden. Qué cómo puede ser? Si... puede ser, en ese orden.
La estación espacial no era gran cosa. Tampoco me importaba. Desde acá arriba, cada 3 o 4 horas se podía ver Islandia. Todo el globo en realidad, pero lo único que me importaba, que me interesaba, era ver Islandia. Por qué? Importa el por qué?
Huevos fritos, una almohada (que decía "Property of NASA, U.S. government") y una afeitadora eléctrica. Estaba lejos la NASA como para reclamar algo, así que había declarado que la almohada, digan lo que digan, ya era mía.
No extrañaba casi nada. Ni a mi vieja, ni los asados con amigos, ni las pruebas en simuladores que nos proponía la agencia para el programa espacial. Extrañaba la Avenida Corrientes. Solo eso. Ni el fútbol, ni el vino tinto, ni a mi hijo, ni las milanesas de pollo con puré chef... sola y únicamente la Avenida Corrientes, un sábado a la tarde/noche, a las... pongamos... 19hs. Caminar, tomar un café o una cerveza, pispear libros y discos, haciendo tiempo para entra al cine o al teatro. Mirar la gente, dar una moneda si alguien me la pide, pitar un cigarrillo, apagarlo entre mi zapato y el cordón de la vereda. Nada en mi mente me deslumbraba tanto como ese pensamiento, ni la Vía Láctea y sus cien mil años luz de ancho pero tan solo mil años luz de espesor, ni Plutón situado a continuación de la órbita de Neptuno, ni el Carro Mayor, visible durante todo el año en el hemisferio norte. Nada de nada, solo el olor a fainá y muzzarella de Güerrin, el olor a pucho, el soplo de calor en la cara en invierno al entrar al subte al lado del obelisco. Ni siquiera extrañaba a mis amigos, muchos de ellos, muchas veces recibiendo de forma sobrevalorada el titulo en cuestión.
Sonó la alarma. Una vez, dos veces. Pensé que se apagaría. Sonó una tercera vez. Ya me había vuelto a abrazar a la almohada. "Me afeito y voy", pensé. Entré en el "baño". Afuera una de las turbinas estaba en llamas.
domingo, 17 de mayo de 2020
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